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Por el gremio Del Comité Departamental Entrevista a Fabio Alonso Reyes Cano, caficultor.

Entrevista a Fabio Alonso Reyes Cano, caficultor.

 

FABIO ALONSO REYES 9b

 

Fabio Alonso Reyes Cano es un cultivador nato y neto, que creció en la finca de sus padres en Jardín, Antioquia. A sus 36 años de edad, recuerda que ahí nació un grupo familiar y dentro de ese núcleo sus padres pensaban en dos hijos. “Y de esos 2 hijos, por cosas de Dios, resultamos tres, dando con tan buena, o mala suerte, que yo soy el último: no contaban conmigo. Encargaron dos hijos y nací como mellizo de la última muchacha”.


Esta finca era el sustento de ese grupo familiar: no eran más que unas vacas de ordeño y unos cuantos palos de café en ese entonces. “Mi papá nos hablaba sobe la crisis de la agricultura y de la finca, que afectaba la situación económica familiar”.


“En 1998 esta situación estaba tan apretada con la finca para el sustento económico de toda la familia, que mi papá había tomado la decisión de desplazarnos a otra finca en el Valle del Cauca. Y allá fueron a parar.


“Mi papá insistía que la situación estaba muy crítica, ante lo cual le pregunté:


-¿Y la finca qué?


-Hay que venderla, me respondió


-¿Y yo? ¿Cómo así? No, hágale usted pa’, que yo me quedo cuidando la finca. “Era un “pela´o” de 14 años estudiando la primaria aquí en quinto nivel”.


“Pues no digo que mi familia me abandonó o que se fueron bravos. Simplemente tomaron la decisión rápidamente mi papá y mamá, y se cruzaron dos palabritas desayunando en la mesa:


-¿Se quiere quedar? Usted se queda.


Cuando cambió el chip

“Ese día llegó y, finalmente, no fue agradable porque yo, al ver que todos se iban, me sentí desamparado en una casa vacía. Sólo me acompañaba un fiambre que mi mamá me había preparado porque no me dejaron nada más. Mi ropa personal me la dejaron en un costal de cabuya y de resto nada: solo me acompañaba el eco de una casa. Mis padres continúan en la misma finca en Buga, Valle del Cauca”.


“Yo me quedé desde esa edad aquí en la finca, estudiando, pero me cambió el chip. Tocó pasarme a estudiar en el pueblo, en la jornada nocturna, y pedir trabajo donde un vecino. Yo sólo le sugerí tres días a la semana, pues no necesitaba más. Y ese fue mi ritmo durante siete años: trabajar en otra finca, estudiar de noche e irle dedicando mi trabajo a la finca cuatro días a la semana que me sobraban, incluyendo el día domingo.


“Pasó el tiempo y como venía de un noviazgo de seis años, me dije: a esto no hay que darle más vueltas. Y me casé hace un año con una persona muy interesante: Clarita”.
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El día laboral de Fabio Alonso comienza hacia las 4:30 de la mañana y a las 5 ya está afuera. Arranca el día con pie derecho dándole gracias a Dios. Él –dice- ha sido su compañero desde cuando quedó solo, hasta hace poco. Después su cafecito, que no le puede faltar, se pone las botas y a trabajar. “Realmente hay días que amanezco como muy saturado, con ganas de hacer tantas cosas, “carrereado” todo el tiempo, pero son las chispas, las ganas de hacer las cosas”.


“Siempre me levanto y hablo con Dios, soy muy creyente: sé que hay un Dios y respeto la religión de cada uno y de todo el mundo. Él es el que me ha ayudado, me he aferrado mucho a Él. Me acompaña toda la semana en las buenas y en las malas.


“Desde que me levanto, hasta las 7 de la mañana, organizo herramientas y lo que va a necesitar el trabajador que me colabora, y atiendo lo que yo llamo la “granja de la finca”. Cuido los animalitos, organizo los bordos… no es que sea cuadriculado, pero me gusta mucho el orden.


“Después de que organizo lo de la finca, me voy a trabajar, a ganarme mi día de trabajo: hasta las 4 de la tarde estoy trabajándole al cultivo, porque una cosa es la finca y otra cosa son los cultivos. A las 4 de la tarde vuelvo a la granja a ver los animales. A eso de las 5:30 estoy desocupado y arranco con los clientes del día y organizo la lista de los pedidos de la granja.


“A las 7 de la noche estoy saliendo a hacer el domicilio y no falta el cafecito en el parque. A veces, cuando no hay pedidos, me quedo en la finca en las noches haciendo mis cuentas, escogiendo café para vender.


El papá…
“¿Por qué hablo del nuevo ritmo en siete años? Porque en este tiempo mi papá me hizo tres visitas, y la última, que sería el séptimo año, vino y me contó algo:


-Yo quiero que nosotros nos sentemos como papá e hijo y le quiero contar una cosa que a mí me tiene muy inquieto desde el primer día que nosotros nos fuimos. Tengo que descargar una cosa que a mí no me deja: cuando usted dijo yo me quedo, entre su mamá y yo comentamos que ese “culicagao”, en dos o tres días, hay que venir por él. Y si se quiere quedar, se queda. ¿Cómo le cambiamos la goma?”.


Entonces mi padre me decía que él pensaba que eran dos, tres días, máximo una semana, y ya habían pasado siete años.

 

Entonces le dije:

-Realmente, pa’ yo nunca lo he tomado como un reto y no lo sabía. Y me quise quedar en la finca porque yo sueño con la finca.


“Entonces, él me dijo:

-Es que han pasado siete años y usted me ha demostrado algo: yo no tenía esa chispita de hacer algo con la finca.


“Fue cuando comencé a transformar la finca en caficultura. Claro que había unas vacas, pero él a mí no me las dejó. El me dejó los potreros porque no había cómo llevárselos: de resto todo se lo llevaron y yo empecé a transformar la finca.


“En 1994, mi papá vino y me dijo que ya habían pasado siete años y por eso él se había dado cuenta de algo: que ellos cuatro (mis dos hermanas, mi papá y mi mamá) habían tomado la decisión de no regalármela, pero que la íbamos a negociar.


“Lógicamente yo nunca había pensado en eso, esa no era mi idea. Pero ellos me dijeron que yo era capaz. Mis hermanas ya se habían casado, ya estaban por fuera de la casa de familia y el único hombre que había, y que estaba incluso en la finca, era yo.


“La negociación fue:
-Hágale mijo, que cuando usted tenga con qué, me va dando.


”Cuando mi papá se fue de esta finca, estaba negociada en ocho millones de pesos (en 1994) que era lo que le iba a dar el vecino. Habían pasado siete años y, lógicamente, tiene otro precio. Entonces mi papá dijo: “listo, está muy bien”. Me dieron esa posibilidad, que no era la que esperaba, no era mi objetivo, pero bienvenida sea. Y desde ese día, una chispa con muchas más ganas, estaba ahí, porque realmente esa ha sido mi pasión: la caficultura.

FABIO ALONSO REYES 9c


Las primeras ocho matas de café
“Hay dos cosas que me han marcado: mi papá se fue porque la finca no le daba para el sustento familiar, porque era pequeña. Y, la otra, cuando yo tenía ocho años, mi papá me regaló un lote y yo le sembré los primeros ocho palos café. Es decir, mi papá me acordonó una huertecita, donde yo sembré mis primeros palos y mis dos matas de plátano. Pero para mí era una finca a los ocho años de edad”.


“Entonces, desde muy niño yo tenía esa visión del café y yo soñaba con ese lotecito. Y con mi hermanita yo vivía ilusiones: vengo de una familia muy humilde, muy sencilla, muy llena de muchas cosas y falta de muchas también. Yo le decía a mi hermanita: “cuando esta finca esté produciendo le voy a dar unos zapaticos, un vestidito, le voy a regalar con qué vaya al colegio”. A los ocho años, insisto, ya soñaba con esa finca”.


“Cuando me cambió el chip y mi papá se fue, dije yo: “no es esa finquita, sino que realmente ahora sí es la finca”, y seguía soñando con esa misma ilusión. Entonces esas dos cosas me marcaron y finalmente me despertaron algo: le voy a apostar al cuento de la caficultura a ver qué pasa, yo quiero vivir en carne propia lo que muchos dicen y es que la caficultura no da, que no sirve, porque eso es lo que escucha”.


“Recuerdo que con la primera cosecha de los ocho palitos de café, me compré mi primera grabadora. Decía que si una finca produce una cosecha de esas, se pueden hacer cositas y tenía como esa ilusión.


“Cuando ya empecé a coger la cosecha de toda la finca, fue una dificultad horrible, porque uno realmente a los catorce años ¿plata de dónde, apoyo de dónde? Y solo, con esas ganas de hacer tantas cosas ¿cómo pues? Pero así empecé y con esos tres días que yo trabajaba en otra parte me sostenía para estudiar, porque me ha gustado mucho estudiar y comprar cositas para la finca. Con esa platica compraba herramientas, mangueras, semillas… Nunca compré árboles, pero semillas sí para arrancar. Comencé quemando potreros y haciendo almácigos, y con paciencia le di la primera vuelta a la finca.


“Ya le he dado tres vueltas, es decir, tres renovaciones. Cuando yo arranqué, lo hice con muchos errores que todavía se presentan. Con la primera vuelta a la finca, quedé muy contento porque sembré dos hectáreas de café y ya no hablaba de ocho palos, que fue mi primera finca: ya estaba hablando de 5.500 árboles de café”.


“Y quién creyera: con unas distancias, con unos defectos, desperdiciando mucho la tierra, pero con esos árboles dimos unas buenas cosechas en 1999 o en el 2000.


A transformar mucho más la finca
“En la primera renovación de la finca, en la primera cosecha quedó una platica y dije, “esta plata no es mía, pues yo manejaba la hojita y el lápiz, para mis sumas sencillas”.


“En ese entonces vivíamos en una casita muy malita, de tablas. Cuando mi papá se fue, prácticamente la casa estaba que se caía, pero para que no se cayera yo la tumbé: no fue sino tocarla y ahí mismo se fue al suelo. Y con esa platica que quedó de la cosecha hice la casita.


“Cogí unas ollitas donadas por la alcaldía y el resto del bolsillo de la finca, organicé mi casita, que no es algo de lujo pero que al menos no es de tablas y humildemente aquí se vive y es “mi casa”. También tocó organizar los beneficiaderos, los tanques de almacenamiento de agua, los caños, los secaderos, el coco recolector y más herramienta, porque ya nos habíamos crecido un poco más”.


“A la segunda cosecha yo vivía en condiciones no muy buenas -hasta me hacía falta la cama- y no tenía lo básico. Me dije: ¿Y por qué la caficultura no la asociamos con otras cosas? Porque veo que los precios se vienen moviendo de una forma agresiva y entonces empecé a meterle plátano por las calles, los caminos y alrededor de la finca.


Ya se vino la segunda renovación: la finca está bien y hay que iniciar, hay que arrancar de cero, pero hay una platica, hay con qué. Ya en otra cosecha dije: “Yo no aguanto más estas dificultades para sacar un bultico de café”, porque me tocaba sacar el café por un camino de herradura que salía a la principal. Yo sé que es costoso pero voy a gestionar cómo echarle carretera a la finca, y desde abajo arranqué solo y ahí está.


Después dije: “yo no voy seguir andando a pie, voy a comprar una motico. Y en otra cosecha, la finca me la dio. Mejor dicho, la finca se ha sostenido y se ha pagado”


Las cuentas
“¿Cómo entrar a analizar la situación de los precios? Ahí es donde uno se deja enamorar del cuento de las cuentas, porque a muchos nos falta ese pedacito: dejarnos enamorar de las cuentas. Entonces, en las crisis es donde usted dice: tiene que dejarse enamorar más de la finca, porque usted tiene que ser más detallado, porque si no, seguramente, puede pasar lo que le pasó a mi papá: que la finca no da y nos va a tocar irnos y se fue”.


“También pensé: yo quiero vivir en carne propia si realmente las fincas no dan, porque mis sueños de la juventud eran otros: reconozco que yo ambicionaba estudiar para otra cosa y salir de aquí”.


“Claro, no tanto salir de la finca, pero sí otras cosas. La finca la quise mucho en esa niñez y hoy en día, más que todo, que estuviera ahí, pero ambicionaba otras cosas. Cuando ya me tocó afrontar la cosa solo, yo dije: veo unos numeritos aquí y esto puede ser mi sueldo, incluso más que un sueldo. Y en esas cosechas críticas de que las cuentas no dan, ahí es donde yo digo: puedo aguantar que ella baje, hasta el punto que sea sostenible, que ella se sostenga, que todo sea a ras con ras; de ahí no me puedo bajar”.


“¿Y ahí qué tengo que hacer? Saber manejar lo que queda de las cosechas, guardarlo en cajas menores. Yo puedo ser el dueño de la finca, pero eso no es mío. Mío es lo que usted le trabaje a la finca”.


¿Quién le enseñó?
“Yo digo que eso está dentro de uno: las ganas de hacer las cosas. Pero a medida que yo fui creciendo en el cuento del café, me fui reconociendo como un cafetero y empecé a entrar a ser socio de la Cooperativa de Caficultores, a ser un caficultor registrado en la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia. Por allá siempre ha habido cursos, charlas, orientaciones basadas en los cultivos de café y muchas cosas, o sea, a nosotros nos han enseñado”.


“A mí eso me ha llamado mucho la atención: cada que me han invitado a un curso de café o unas prácticas de café o hacer un almácigo, o que la semilla tal porque es mucho más resistente, allá estoy en primera fila. ¿Y sabe por qué? Porque yo no soy sabio: podré tener ganas y chispa de hacer muchas cosas, pero…”


“He aprendido mucho. Es más, como yo dije, empecé con un poco de errores, pero ahí me fui dando cuenta de que los estaba cometiendo, pero que también los podía corregir. Entonces, cuando a mí me ensañaban algo que a mí me gustaba, entonces le voy a poner un “tipcito” de más, le voy a agregar algo de más. O sea, a usted le dan la receta, y si tiene de pronto un ingrediente que le va a echar de más pero que le va a servir, écheselo”.

 

FABIO ALONSO REYES 9a

 

Los cafeteros son así
“Hay gente muy inquieta, que quiere, que le mete ganas y con quién hacer cosas muy buenas. Pero yo no quisiera hablar sólo de esa gente, yo quiero hablar de todos y que nadie se quede atrás. Es más, aquí ha pasado algo muy gracioso: así como estamos hoy aquí, en el 2004 vino alguien, de hecho era extensionista y vino a hacerme una visita, a tomarme una siembra de café, y resultamos hablando sobre esto. Y desde ese día, ese señor me dijo: qué chévere que usted pudiera compartir esa forma ver la caficultura, qué bueno que contagiara a la generación suya. Entonces le dije: realmente yo no soy el más más, pero si usted cree y le gusta lo que está viendo, pues traiga su grupo”.


“Y desde eso, en 2007, arrancamos con un grupito. Hasta el sol de hoy he compartido con 232 grupos asociativos para un total de 4.467 personas en grupos de 10, 20, 30, así como ha habido grupos de 80. ¿A qué llegan? Yo pienso que no vienen a ver un palo de café, porque todos los caficultores de Colombia saben qué es un palo de café y el que quiera entender conoce que hay variedades distintas, y que hay unas que tienen este comportamiento y, en fin... Pero hay mucha gente muy inquieta que quieren ser empresarios, pero esta gente piensa que no se puede, que no es posible”.


Un empresario real
“Hoy soy y me siento un empresario. Para mí la finca es una empresa, así sea sencilla y humilde, y así no hayan estructuras de lujo, así la caficultura esté en una altitud fría, porque estoy a 1.830 metros. Prácticamente es una tierra fría. Entonces digo: si yo a 1.830 metros tengo chispa, me gusta hacer las cosas, llevo cuentas, veo que la fina no deja mucho, pero deja, porque usted que viene de mejor clima, de mejor zona cafetera… Entonces es como poder contagiar. Quisiera ver a todos los caficultores de Colombia emprendedores, con chispa, con sabor”.


El aprendizaje
“Hay muchas cosas que aprendí en caficultura y que estoy aplicando en mi finca, pero me voy a quedar con dos cosas: 1. Como nos “machacan” todos los días, “no contamines, hermano”. 2. Hay una plaga que se llama broca y muchos dicen: es que ese animal me tiene es arruinado, acabado. Si usted se deja, sí. Y muchos vemos cómo combatir con el animal, pero siempre en lo químico; hay cosas que se pueden hacer que no necesariamente tiene que ser químico”.


La finca de hoy
“Con este lotecito que se hizo ahora, le hablo de un número preciso: 14.135 árboles de café en 2 hectáreas. Estoy hablando de 2 hectáreas y media que es la finca, pero hay 2 espacios donde no hay café: alrededor de mi casa caben 245 metros, y en la parte de abajo hay un pedazo que lo llamo un bosque de reforestación, porque ahí hay 2 nacimientos de agua. Ahí tomé la decisión de sembrar árboles maderables y tampoco hay café. Ahí hay 264 metros, para un total de 0.5, entonces ahí está la 0.5 hectárea. Quedan 2 hectáreas que es dónde están 14 mil árboles de café… Están acompañados de 1.100 árboles de aguacate, 1.000 plantas de plátano, 27 árboles de cítricos que te generan un complemento de ingreso para soportar todos los gastos de la finca. También hay 200 gallinas, y una pequeña explotación de porcicultura, de capricultura y de pollos de engorde. Hay otras actividades con el plátano que, en compañía del café, tienen un buen comportamiento, son 2 hermanos que la van”.


“Si hoy llega una crisis del plátano, ¿por qué no tener a la mano otra cosita? Y empecé a meter aguacate a largas distancias, como variedades Hass, Reed, Booth, Choquette y eso se va para Medellín. Tenemos una cualidad y es que a nosotros nos recogen la verdura aquí en el patio de la finca, todo lo que produzca. Se hace por intermedio de otra cooperativa que comercializa todo lo que se produce en la zona, siempre y cuando usted sea afiliado y les venda a ellos”.


Detrás de todos esos cultivos secundarios, se me despertó otro. Yo me pongo a ver y yo vendo una carga de café y en mis cuentas, hay otras que son personales y en esas cuentas personales hay otras cosas que me arrojan y es mi alimentación, y cómo veo que mi alimentación tiene un costo semana a semana, mes a mes, año a año. Entonces ahí fue cuando se me despertó la idea: me voy a comprar unas gallinas para no volver a comprar huevos y comencé a producirlos y vi que me sobraba una parte. Entonces dije: “ésta vaina hay que venderla”. Y comencé a vender huevos y porque como yo no sólo como huevos, sino también tomo leche y como queso, empecé con una cabrita. También comercializo carne de cerdo, de conejo y pollos: puede que sea una actividad mal hecha por aquello que se llama sanidad, pero hice mis cursos en el Sena y sé cómo son las buenas prácticas para usted sacrificarlos”.


“Entonces al ver que todo eso se movía, se me despertó algo mucho más interesante con la finca: si produce todo esto, y yo veo numeritos que son moneditas, por qué no hacerme a una clientela. Sé que en el municipio, en este caso de Jardín, hay gente que frecuentemente tiene que ir a una legumbrería, a comprar cosas como plátano hartón, guineo, banano, plátano comino, murrapo, naranja, mandarina, limón, guayaba, papaya, papayuela, toronja, pera criolla, cocorilla, lima, aguacate, brevas, cebolla de rama…”


“La finca produce todo eso, pero no tiene cultivos homogéneos, o sea, cultivos grandes de naranja, cultivos grandes de cebolla, cultivos grandes de yuca. Pero dentro de la caficultura, me di cuenta de un cultivo asociado, o sea, café, plátano, aguacate y cítricos y que había otro muy interesante, que es tener de todo eso dentro de esos 4 cultivos para mi sustento. Y así como se vende la canasta de huevos, el litro de leche de cabra, el pollo gordo, el queso, la mantequilla, yo también soy capaz de venderme una libra de cebolla, una libra de cilantro, dos kilos de yuca. Los cultivo para comercializarlos. Le digo a los clientes: ¿Usted qué necesita? Cojo su correo electrónico, su teléfono, me da una dirección y pare de contar, allá le llego a la puerta de su casa”.


La caficultura del presente
“La situación actual de la caficultura, me preocupa un poco. Lo que vengo viendo, en este último año, en encuentros con jóvenes de colegio es algo que me preocupa: la juventud la veo muy poquita en el campo y ojalá esté equivocado. Pero yo pienso que el joven de hoy en día esto no lo ve necesario, no los veo ahí. Ahora hay un porcentaje bajito de unos jóvenes que uno siente y se le “arriman” a uno y dicen:


-Venga, lo felicito, yo quiero ser como usted”.


“Y les respondo:


-Sueñe con hacer cosas, nunca sea como nadie, usted puede ser mucho más, pero sí enamórese de ese espacio que usted tiene ya, o si su papá le permite una finca, enamórese de eso y no abandone el otro sueño, que a la larga del tiempo usted se va a dar cuenta. Pero eso sí, la hoja y el lápiz”.


“Mi mensaje para los cafeteros: miren sus fincas como una empresa, enamórense de ellas como una empresa, porque necesitan sacarle la sustancia a esa empresa y esa sustancia va a hacer que ustedes se enamore de sus fincas y las vean como empresas. Y la disciplina: usted puede ser el dueño de su finca, pero le tiene que respetar un horario de trabajo para poder cobrarle los días que le trabajó”.

 

Iván Javier Delgadillo, extensionista de la Federación Nacional de Cafeteros en la región de Andes.
Realizada por José Roberto Álvarez Múnera, 22 de abril de 2017.


Lugar: Finca La Simeona, vereda La Linda, Jardín (Antioquia). Altitud 1830 msnm, extensión 2.5 hectáreas, de las cuales 2 hectáreas están sembradas de café.

 

Transcripción: Leidy Lezcano García.

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